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A cinco años de tu partida: DAVID TRONCOSO FLORES

Llegaste desde un liceo sin comprender por qué estabas en una escuela industrial.
Te encontraste con un curso de rudos, de machos, más aquello no alteró tu hablar suave y mesurado, ni tu particular sentido del humor.
Siempre fuiste un elemento aglutinador en esa diversidad de caracteres.
Nunca provocaste una discusión ni emitiste un juicio apresurado, lo tuyo era la lógica.
Con el tiempo ingresaste a la banda del colegio como trompetista. Banda de los Talleres San Vicente de Paul.
La música te comenzó a fascinar
Al mismo tiempo te esmeraste en ser uno de los mejores alumnos de la recién formada especialidad de electricidad, ahí ibas a encontrar tu futuro profesional.
Un día nos sorprendiste a todos cuando comenzaste a practicar con la lira, desde luego la banda ganó en prestancia en los desfiles, y lograbas lucirte con tu paso marcial recibiendo el aplauso de las muchachas, pero francamente amigo, a veces te desafinabas.
Así, en casi silencio, fuiste ganándote el aprecio de tus compañeros.
Pasaron los años y un día descubrimos que éramos vecinos.
Comenzamos a visitarnos junto a las esposas en la medida que las circunstancias lo permitían.
Ahí constaté que tenías otro amor, uno que te dio muchas satisfacciones y también muchos disgustos.
Ser bombero para ti era un deber sagrado de servicio a la comunidad.
Como especialista eléctrico de la compañía viste cosas francamente horribles.
La peor de ellas la vivimos juntos, cuando se inició un incendio al frente de mi casa.
La madre fue a comprar el pan a media cuadra dejando un brasero encendido.
En un tiempo inimaginablemente corto la frágil vivienda ardió por los cuatro costados con dos pequeños niños adentro.
Estabas horrorizado, me dijiste que nunca pensaste ver algo así. Nos acompañamos mutuamente, vimos cuando llegó el padre y gritaba de dolor. Vimos a esa madre luchar para que la dejaran entrar a buscar los restos ya calcinados de sus hijos.
Aun así y quizás por lo mismo continuaste con tu servicio.
Otro de tus amores fue cocinar, y desde luego comer, esto en compañía de tu Marcela. Tantas veces almorcé en el restaurant "La Lata Verde". Tantas veces nos reímos, nos escuchamos, nos aconsejamos, saboreando una cazuela.
Y a pesar que no siempre fuiste comprendido, tu casa estaba abierta para tus compañeros de colegio. Más de una vez fui, junto con Marcela, el único comensal de tus cócteles de aniversario.
Por eso, con los años te ganaste el apodo de la "Madre superiora". Siempre preocupado de tus compañeros, los cuáles para ti eran parte de tu familia.
Además prestabas un gran servicio profesional, en todos los lugares donde viví tuve al mejor ingeniero de mantención y recibí de ti los mejores consejos, como el de tener siempre un extintor en la casa.
Porque de que fuiste un hombre de familia lo fuiste, quizás por tu condición de hijo único. Amaste a la Marcela chica, a David y a Mauricio con una fuerza inconmensurable. Siempre padre orgulloso, siempre contándome sus logros. Y ellos siempre respondiendo a tu amor.
También demostraste gran compasión con las vicisitudes de tus compañeros o con las enfermedades de los Hermanos de la Salle, a los que visitábamos en "El Vergel" y que fueron falleciendo uno a uno.
Cada cierto tiempo me invitabas a visitar a un compañero en problemas, que este se quedó sin trabajo, que a este se le murió un hijo, este se separó, este tiene a su esposa enferma.
Cumplías muy bien tu papel de madre superiora.
En mi caso, en el momento de una enfermedad que me tuvo al borde de la muerte y en el momento de mi ruina económica, siempre estuviste ahí.
Siempre me fuiste a ver al hospital, siempre me apoyaste en todo, junto con Sergio Caballero y Alejandro Hernández y siempre fui acogido en tu hogar.
Y cuando más de una vez tuve que irme de un lugar en completa ruina, desamparo y desolación, ya sea en Paine, Graneros o Villa Alemana, ahí estuvieron los tres.
Si fuiste un gran hombre, un gran padre, un gran esposo, un gran músico, un gran bombero y sobre todo, para mí, un gran amigo.
La historia suele recordar sólo a aquellos que se destacaron en el gran mundo, e ignora a aquellos que simplemente hicieron lo suyo con constancia y sin ruido.
Tú tejiste una historia de vida digna de ser contada, la del hijo cariñoso, la del estudiante conciliador, la del músico esforzado, la del esposo enamorado, la del padre afable y comprensivo, la del abuelo acogedor, la del chef original, la del electricista confiable, la del bombero generoso, la del amigo fiel.
Todos estamos infinitamente agradecidos.

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