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DESDE LA GENERACIÓN BISAGRA: GOCE PASAJERO Y DESILUSIÓN PERMANENTE.

Paulatinamente, en forma imperceptible, como un barco que navega lento por el río, se ha transformado el paisaje desde una vida de eternos rigores, deberes, obligaciones y sacrificios, a una vida facilista de placeres, goce y alegría permanentes.
A simple vista, sobre todo si uno viene de otro planeta, este paisaje sería mucho mejor que el anterior, veamos.
En la generación de nuestros abuelos y sobre todo bisabuelos, prevalecía el valor del sacrificio, la lealtad, y el deber. Sobre todo el compromiso con la familia.
Esto tiene mucho sentido si revisamos la historia, nuestros países americanos en general nacieron pobres porque eran esquilmados por potencias europeas, aunque poseían gran potencial de riqueza sobre todo en el campo minero, turístico y agrícola.
Aun cuando se perteneciera a un estrato social acomodado, las reglas del deber y el sacrificio imperaban, pues había que "surgir", y rascarse con sus propias uñas.
Un inmigrante recién llegado de Europa o Medio Oriente sin un peso en los bolsillos, no era recibido por un funcionario estatal que le ofrecía albergue, bonos y subsidios. Olvídese que le iba a ofrecer una casa.
Sólo el posible apoyo familiar, casi siempre un tío o hermano había llegado antes, posibilitaba la necesaria adaptación a esta extraña sociedad.
Por tanto, la lealtad con la familia y el cumplimiento de compromisos era regla sagrada.
Desde luego no todos se "Hicieron la América", pero nadie se murió de hambre.
Pero si es posible decir que las familias de inmigrantes en general elevaron su posición económica y social respecto a su situación en el país natal.
Qué decir que muchos venían huyendo de la más espantosa miseria o de las más terribles guerras.
Podemos ver en Chile por ejemplo que grandes negocios e industrias, la mayoría hoy desaparecidas, fueron obra de ese linaje de inmigrantes: YARUR, SUMAR, HIRMAS, CALAF, BANCO CRÉDITO E INVERSIONES, MAIGAS, HELP, HITES, FALABELLA, JUMBO, ROSEN, MC KAY, LOS GOBELINOS, CASA GARCÍA, PRE-UNIC, SKORPIOS, HADDAD.
Y de sus descendientes, la lista de científicos, profesionales, religiosos, militares, investigadores, literatos, poetas, artistas, políticos y creadores simplemente es impresionante.
Me refiero al linaje de inmigrantes Post República, ya que todos somos descendientes de inmigrantes.
También podemos ver que varios presidentes son descendientes de inmigrantes de ese linaje: Ibáñez, Alessandri, Frei, Allende, Pinochet, Bachelet, Aylwin.
Cuando era pequeño se me enfatizaba el valor de la constancia, de terminar la tarea iniciada, de cumplir con el deber, se me insistía en el valor de la lealtad, en el cumplimiento de la promesa. Y quizás se exageraba bastante en que las cosas se debían hacer con sacrificio.
En ese mundo crecí y, aunque comprendiendo que las sociedades son dinámicas, con esos valores eduqué a mis hijos, aunque dándole más importancia, respecto a mi enseñanza, en el disfrute de la vida.
No siempre tales reglas resultaban, y como señala Lao-Tse, mientras más moral más inmoralidad, pues si pones muy alta la vara no todos la saltan.
No vengo con el falso axioma de que "todo tiempo pasado fue mejor".
Hubo gente, y lo vi en mi propia familia, que faltó a la lealtad y no cumplió compromisos. Y eso trajo dolor, desunión y tristeza.
Desde luego también, y dentro de ese contexto histórico, hubo abusos, sobre todo con la esposa, la que por su escasa educación o por sumisión ancestral, debía aceptar humillaciones y hasta violencia.
En todos los niveles sociales.
No era ese un mundo idílico.
Sólo deseo rescatar que en nuestra especie los valores de constancia, lealtad y compromiso han sido esenciales para nuestra evolución.
Y por tanto cuando no existen, involucionamos.
Y como dice el adagio: "La fortuna del abuelo, la mal administra el hijo y la despilfarra el nieto".
Veamos cómo estamos hoy.
El bisabuelo sabía el valor de las cosas, más allá incluso de lo material, sobre ese mundo externo, existía el invisible mundo de la constancia, de la lealtad, del compromiso.
Y por ello su vida tenía un sentido. Era feliz con lo logrado y se enorgullecía de su familia.
Desde ese polo de realidad, desde ese mundo valórico, el barco del devenir, casi a la deriva a veces, nos fue llevando al nuevo paisaje de la vida liviana, de la falta de constancia, de la ansiedad por el placer constante, del no saber esperar, del descompromiso, de la lealtad por interés y a veces hasta de la burla a los valores de los antepasados y el repudio de los conceptos de pareja y familia.
Qué decir del respeto por la vida o por los bienes ajenos, valores olvidados por un sector de la sociedad, y que ha alcanzado hasta la propia clase legislativa, ejecutiva y judicial, pasando por las élite, militar, policial, empresarial y clerical.
¿Y cómo estamos?
Aun cuando he insistido que no era aquél un mundo ideal, no se les olvide, existía un sustrato que le daba sentido a todo.
Un mundo que también valoraba la fe, aunque más bien formal, insisto en lo de "formal" porque quizás era más un mundo de ritos y tradiciones religiosas, pero al aparecer se veía como necesario. Faltaba mucho para enterarse de la pedofilia.
Si no se podía comprar algo pues no se compraba, se esperaba a tener el dinero. Incluso la gente de escasos recursos valoraba lo poco que tenía, privilegiaba la buena nutrición y el valor de la educación. Se insistía en la "herencia de la educación".
Y esa misma gente de bajos recursos no era obesa ni se drogaba como reacción a la "sociedad explotadora". Aunque si el nivel de alcoholismo era alto. (Les dije que no era un mundo idílico).
Los goces y placeres (dejando de lado las casas de tolerancia que abundaban), eran casi infantiles con lo que vemos ahora.
El circo, el cine, el té o el helado en el lugar de moda, el paseo a la playa, andar en tren, escuchar música, las comedias radiales, las quintas de recreo, el almuerzo familiar, eran los eventos clásicos.
En mi casa se jugaba Ludo, Dominó, Pirinola y Naipe Español. También escuchábamos música, y de adolescentes íbamos a "malones".
Aparte de las visitas familiares, paseábamos en tren. Nuestro preferido era el tren militar del Cajón del Maipo. Y el paseo estándar, o sea cuando no había dinero, era simplemente andar en micro.
Desde luego había gran placer en el leer. Uno subía a una micro y tres cuartos de los pasajeros estaban leyendo algo.
Y de pronto el barco del devenir nos llevó a este paisaje de ansiedad, de quejarse por todo, de adicción por comprar, de compromisos condicionados, de cuestionamientos apocalípticos, de desprecio de la historia, de ambiciones desmedidas, de negación del sacrificio, de placeres fáciles, de droga, del comer compulsivo, de desvalorización de la constancia, del incumplimiento de promesas, del desprecio de la lectura de más de tres párrafos, de narcisismo desatado.
De fanatismo y hasta de odio.
Y como consecuencia directa, desilusión constante, depresión, nihilismo y hastío de la vida.
Y a falta de aquella fe formal, de la misa del domingo, de la primera comunión, ante el descrédito de las iglesias, hoy se ha elevado a los altares a los santos políticos, deportivos o musicales y se le rinde pleitesía religiosa a tal o cual ideología política, tan carente de fundamentos y tan vacía, como los ritos de antaño. Ya no importan las propuestas, sólo importan las protestas.
No existen ahora, salvo excepciones, sustratos valóricos sólidos que le den sentido a las cosas.
Un cúmulo de desaciertos de la anterior generación, más la irrupción de la forma liviana de ver la vida, más la irrupción de Internet, sumado a la falta de rigor en la crianza de los hijos, el no ponerles límites a sus expectativas, y la sobreprotección, "para que no pasen las penurias que yo pasé", nos ha llevado a este punto de caos, hastío, placer fácil, arrogancia, protestas, destrucción y falsa superioridad moral.
Qué duda cabe que cuando las cosas no cuestan no se valoran. Qué duda cabe que en un mundo inmediatista lo perenne no tiene sentido. Qué duda cabe que en un mundo de placeres crecientes, no se encuentra finalmente el auténtico placer. Qué duda cabe que en un mundo de altísimas expectativas la frustración está a la vuelta de la esquina. Qué duda cabe que, en un mundo de derechos, no se consideran ni se valoran ni se practican los deberes.
Qué duda cabe que el valor de la vida, y de estar vivo, se minimiza anta tanta ilusión y tanta arrogancia.
Si es que a ese cúmulo de desaciertos y disfuncionalidades se le puede llamar vida.
Como ven, no he levantado un monumento al pasado, pero si intento rescatar cuestiones esenciales que pueden ser trasladadas al presente.
Pues entre tanta crítica al pasado, justificadas muchas veces, las nuevas generaciones han echado por la borda la clave de una vida armónica, tranquila y pacífica: los sagrados valores de la constancia, la lealtad, el cumplimiento del deber, el respeto a la palabra empeñada, el rigor en el trabajo, el autocuidado, el cuidado de la familia.
La hora del rescate ha llegado, rescatemos estos valores perennes, antes de que se nos hunda el barco.
La buena noticia, o quizás esperanza legítima, es que seguramente de este caos surgirán voces críticas y lúcidas que rectifiquen el rumbo, hagan la síntesis y surja un mundo mejor.
Yo, como miembro de la generación bisagra, mirando literariamente a mis abuelos a la izquierda, y mirando en forma real a mis nietos a la derecha, no sé si lo veré.

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